La Estrella Mágica

Dice la historia que un pequeño niño perdido en el desierto con solo una manta quedó, después de que fuese separado de la caravana en la cual cruzaba el desierto con sus padres por una gran tormenta de arena.

 

Cubierto por la blanca seda del desierto y una manta; así despertó… un poco asustado, buscando manejar su respiración para evitar llorar pero con sus ojos tan aguados que podían crear un nuevo Nilo.

 

Cubierto e inmóvil de la cintura para abajo por el aglomerado de cada granito de arena, busco moverse poco a poco, sin éxito. El esfuerzo le cansaba y volvían a invadirlo los miedos.

 

Uno de sus miedos era no volver a ver a sus padres y quedarse perdido en el gran velo del desierto. Cada vez que esto ocurría, el niño juntaba sus manos y le hablaba a Dios.

 

Lo interesante era que él no le pedía nada a Dios, solo conversaba con Él sobre sus miedos y al hacerlo, le venían recuerdos de situaciones en las que el niño había aprendido algo de su padre o madre que le servían para calmarse y enfocarse en su meta de salir de dichas arenas ocres y amarillas.

 

Recordó que en una oportunidad, su padre le dijo:

 

“Para poder evitar ir al combate contra un adversario, necesitas conocerlo y anticipar cada paso para evitar que sus ataques te lastimen. Siendo su espejo lo confundirás y encontrarás el momento para desarmarlo y ganar la batalla con honor.”

 

Entonces se concentró y usando todos sus sentidos se enfocó en la arena, esa que tenía la mitad de su cuerpo inmóvil. Al aprender el movimiento que daría cada grano de arena al él moverse, el niño logró sentir y anticipar cada movimiento de la arena. Solo al comprender como se movía cada grano empezó a moverse como arena, logrando salir poco a poco de su prisión.

 

Al salir, ya era de noche y solo se podía ver el cielo iluminado con puntos de luz. Nuevamente hablando con Dios, recordó que su madre le había contado un cuento en el que una persona mirando hacia el cielo le pedía a una de esas luciérnagas en el firmamento un deseo.

 

Y así lo hizo el niño, vio hacia arriba y con todas sus energías, y después de haber pensado exactamente en aquello que necesitaba, miró una estrella, cerró sus ojos y pidió su deseo…

 

“Deseo saber encontrar mi camino a casa.”

 

En ese mismo momento, no ocurrió nada mágico o especial, como en el cuento. Pero algo dentro de él se sentía diferente. Aun sabiendo de los peligros que podían existir, sin saber cómo, tenía la seguridad que, así como sentía que había frío, así también sabía que lograría reunirse con su familia.

 

Pasaron algunas horas y se dio cuenta de una estrella que se movía muy lentamente y recordó que su tío en las noches -mucho antes de que saliera el sol-, veía una estrella que la llamaba su guía. Y la miraba siempre para llegar a casa.

 

Entonces así fue como después vio que esa estrella bajaba muy lentamente hasta que unas dunas cubrieron su visión, viendo luego un destello muy brillante. Al rato pudo oír y ver a un perro -algo poco usual en el desierto-. Ese perro se acercó al niño y lo empujó lentamente, como invitándolo a seguirlo, mientras levantaba su hocico y veía a la estrella guía, a la que su tío usaba de guía.

 

Entonces se dejó guiar hasta que después de muchos pasos, se encontró con un camino conocido. Siguió y siguió hasta ver unas luces en el horizonte y sintió como su corazón latía de alegría al ver que era su hogar, llegando justo antes del amanecer.

 

Se dio media vuelta para abrazar y compartir su alegría con el perro, pero se dio cuenta que ya no estaba, y que solo se veían sus huellas marcadas de sus patas hasta donde él estaba parado. Miró al cielo y volvió a ver como al lado de la estrella que lo había guiado, estaba otra más pequeña. Sonrió y dio gracias a Dios.

 

Sin esperar más, corrió llamando a su papá y mamá y, lanzándose en sus brazos, les contó sobre toda su aventura vivida.

 

Publicado en Historias y cuentos.

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